Actualidad · 29 may 2026, 11:30 p. m.

La áspera bipolaridad de la política económica

Javier Milei sufre como una inoportuna interrupción cada vez que la realidad requiere que actúe como presidente en asuntos ajenos a su única obsesión: los remedios para la...

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Javier Milei sufre como una inoportuna interrupción cada vez que la realidad requiere que actúe como presidente en asuntos ajenos a su única obsesión: los remedios para la economía.

Odia que lo saquen de sus teorías y de la discusión de esas ideas y de su continua conversación con el equipo económico para lograr que la realidad no le contradiga esas doctrinas.

Es lo que explica que peleas internas se desborden hasta el escándalo. Y que las acusaciones de corrupción sean tomadas por el Presidente como una ofensa hacia él de parte de quienes las informan.

Hay una brecha pura y dura entre la realidad personal de los argentinos y el futuro posible de grandes inversiones que prometen un desarrollo extraordinario

Eso explica la orden de no tocar a nadie de su equipo más íntimo, aun cuando su propio jefe de Gabinete no pueda, no sepa o no quiera presentar una simple declaración jurada de su patrimonio. Manuel Adorni habría sido expulsado hace tiempo si no tuviera más capacidad de daño afuera que adentro del Gobierno.

Para Milei, peleas internas y escándalos de corrupción son asuntos menores frente al desafío de cambiar el modelo económico de raíz. Se equivoca y acierta en partes iguales. El Presidente no advierte que los problemas políticos y las sospechas aceleran el rechazo a su gestión y agrandan las posibilidades de sus rivales más lejanos o próximos.

Si es verdad que en el pésimo cuatrimestre libertario que empezó en febrero esos choques internos, como el de Adorni y otros casos judiciales, no iluminaron a ningún dirigente como opción de poder, también es verdad que por una simple proximidad con las elecciones de algún lugar aparecerá alguien que trate de capitalizar ese costado oscuro del oficialismo.

En el medio de una fuerte mutación económica hay votantes que se preguntarán a la hora de votar cómo está su bolsillo, si mantuvo o perdió su trabajo, y si las expectativas del oficialismo los incluyen

La obsesión de Milei por la economía es sin embargo un acierto. El juicio al que será sometido cuando los argentinos decidan si lo reelijan o no tendrá como principal elemento el resultado que obtenga y las expectativas que logre instalar sobre un mejor futuro inmediato.

Es en esa batalla contra los viejos y nuevos problemas de la economía argentina donde Milei enfrenta un dilema del que depende nada menos que la posibilidad de un segundo mandato.

El ajuste que con enorme determinación inició desde el primer día de gobierno para acomodar las desquiciadas variables macroeconómicas estira sus consecuencias. Primer error. Milei y su ministro Luis Caputo abandonaron muy rápido el discurso original que anunciaba un largo ciclo de reformas hasta llegar a un país normal en condiciones de desarrollarse. Anunciaron cosas que no ocurrieron en los plazos vaticinados, empezando por la caída final de la inflación. Milei prometió innecesariamente que el ajuste recaería sobre los privilegiados de la política; un compromiso sin sustento como que no hay recortes generalizados que tengan solo efectos sectoriales.

Colabora en forma decisiva con el Presidente la fuerte convicción instalada en muchos argentinos al cabo de décadas de fracasos de que es necesario un gran esfuerzo personal y colectivo para recuperar el país. Esa espera no puede ser infinita y el tiempo se encarga de desgranar adhesiones.

Hay, en esencia, una brecha pura y dura entre la realidad personal de los argentinos y el futuro posible de grandes inversiones que prometen un desarrollo extraordinario en sectores de la economía que hasta hace poco tiempo eran secundarios: el petróleo y el gas, la minería y la economía del conocimiento.

Al celebrar el despegue de esas áreas, los libertarios poco menos que celebran el hundimiento de otras, como las industrias que perdieron competitividad por la apertura económica o los negocios y servicios derrotados por el comercio electrónico.

En esa ineludible transición hacia un país que vivirá de lo que extrae y de lo que genera el incansable sector agropecuario incluye el interrogante si los grandes centros de empleos industriales podrán reconvertirse y cómo y en qué plazo lo harán

El gobierno de Milei apuró los beneficios para la explotación del gas y el petróleo de Vaca Muerta, ahora que la tecnología permite usar métodos no convencionales para extraerlos. Es un proceso que se inició en forma lenta unos 15 años atrás y que las desgravaciones impositivas han acelerado al punto de que duplicarán cada año las exportaciones en la próxima década.

Un poco más atrás viene la minería, pero con un ritmo que es fácil verificar cuando se miran de cerca la velocidad a la que empezaron a transformarse realidades productivas como las de San Juan o las provincias del noroeste que tienen litio.

Ambos fenómenos garantizan un superávit comercial para las próximas décadas en tanto la Argentina no regrese torpemente al populismo. Y además prometen un notable desarrollo en todas las provincias que limitan con Chile, empezando por Neuquén.

Por muy intensivas que resulten esas dos revoluciones, no generarán una demanda de mano de obra tan grande como para reemplazar la caída de sectores industriales en el conurbano bonaerense y en ciudades con peso productivo propio como Rosario y Córdoba y sus respectivos alrededores.

Son cambios que los libertarios festejan sin reparar en los daños que esa mutación implica.

El desarrollo del país que viene está en marcha, pero tardará en llegar. Más próxima está la fuerte reestructuración del esquema productivo que generó grandes migraciones internas y atrajo extranjeros en las primeras cinco décadas del siglo pasado.

En el medio hay votantes, ciudadanos que se preguntarán a la hora de votar el año que viene y en las elecciones que vendrán cómo está su bolsillo, si mantuvo o perdió su trabajo, y si las expectativas del oficialismo los incluyen.

En esa ineludible transición hacia un país que vivirá de lo que extrae y de lo que genera el incansable sector agropecuario debe estar también la respuesta al interrogante acerca de si los grandes centros industriales podrán reconvertirse, de qué manera y en qué plazo.

Milei suele burlarse del industrialismo en retirada. No puede pretender que ese proceso sea tranquilo y sin reacciones. A veces la realidad pide ser mirada para que las ideas y los sueños no pierdan las elecciones que pueden arruinar tanto esfuerzo.

Mixer FM

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