Actualidad · 30 may 2026, 3:10 a. m.
Leonardo Padura: “Cuba necesita cambiar porque los cubanos lo piden”
A la crisis sistémica en la isla se le ha sumado la presión externa, dice el escritor cubano; el país necesita una transformación, añade, “pero no porque le pongan una pistola en...
La visita de Leonardo Padura a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde presentó Morir en la arena, su última novela, coincidió con una época apremiante para la Cuba natal del escritor, criado en el barrio habanero de Mantilla, donde eligió vivir pese a las dificultades de la isla. De sus dieciséis libros publicados –obra profusa que incluye guiones de películas y hasta adaptaciones al formato de Netflix–, en este, su último título, no hay diáspora ni detectives melancólicos al estilo de su personaje serial Mario Conde; tampoco reconstrucción histórica como el asesinato de León Trotsky, que abordó en El hombre que amaba a los perros (2009), pero sí acontecimientos reales de color truculento, atados al contexto sociopolítico del país.
Constancia de su cubanidad vivida punta a punta –de la revolución al vilo de hoy–, estas nuevas páginas enfocan, en palabras del autor, “a los golpeados, los comunes y corrientes, no por haber cometido crímenes deleznables o grandes equivocaciones, sino solo por haberles tocado vivir en su tiempo y espacio”. En ellas habla de un miedo que considera tan ubicuo como invisible: “Una sensación que nos circulaba por la sangre, integrada a nuestra vida, y por eso no nos incordiaba”.
Quienes encarnan las seis décadas en las que transcurre el relato son centralmente Rodolfo –un septuagenario abrumado por carencias, que combatió en Angola, fue leal al régimen, pero llega herido de frustración a esa orilla implícita del título– y Nora, antes promisoria y honrosa militante revolucionaria, luego echada de la universidad, marginada por díscola, dada su convicción de justicia contra la arbitrariedad oficial. Alrededor de ellos, no solo fluye la política pública, sino también la política de las familias. La que privilegia, segrega, acompaña, abandona.
Morir en la arena se ubica en una casa donde conviven asuntos fantasmagóricos e inflamables; el ron que nunca alcanza; las remesas desde el extranjero, que tampoco; los cortes de luz; la idea de que lo peor aún está por llegar; los ecos de un parricidio con aire alegórico; Cuba dentro y Cuba fuera.
Padura –premio Princesa de Asturias, Dashiell Hammett, Roger Caillois, entre otros– sigue narrando una intimidad que refleja una memoria colectiva. Recoge, sin edulcorar, lo bueno y lo malo; es crítico, piadoso, admirador de su país. Sostiene una posición incómoda y genuina. No es oficialista, no es opositor, no es exiliado. Destaca la soberanía cubana, los logros sociales históricos, la potencia cultural de su pueblo y la posibilidad de un cambio que, como la revolución de 1959, provenga del interior nacional.
-En Morir en la arena usted vuelve a un procedimiento muy propio, que es contar el país a partir de ficciones particulares. Pero también incluye elementos reales de una historia cercana a su propia vida.
-Mira, para mí el principio de una novela es establecer para qué voy a escribirla. Y el para qué, en este caso, era hablar del desenlace: del final de una generación, más precisamente de la mía. De quienes entran en la tercera edad totalmente vulnerables, quizá siendo aun más pobres que nunca antes. Quienes dependen de una jubilación escasa y aplican estrategias de supervivencia; buscarse oficios colaterales, convertirse en jardineros, personal de limpieza, custodios, o depender de la buena fe de los hijos que viven en el extranjero y les mandan alguna ayuda; eso que Rodolfo llama “donaciones”. Para escribir esa historia empecé por crear personajes como él, como Nora. Pero la novela no despegaba. Entonces me dije: lo que falta es drama. Y encontré un motor dramático clave en la historia de un parricidio real ocurrido en una familia cercana a la mía. Conocer a todos los personajes involucrados en esa tragedia me sirvió para darle ese conflicto mayor al relato.
-Entonces, usted se propuso escribir para hablar de su generación…
-Exacto. Después entró el motor dramático que movía ese para qué y, todavía después, el proceso histórico que fundamentaba ese motor dramático y ese para qué. Que es un recorrido, un barrido por nuestras vidas desde los años 60 hasta el presente. Están estos personajes que se conocen en la escuela primaria, cuando tienen 10 años y que atraviesan distintas etapas, distintos momentos significativos de la historia de mi generación. Los estudios, el conflicto de Nora en la universidad, Rodolfo y la guerra de Angola, la caída del muro de Berlín, un asesinato intrafamiliar y lo que esto desata… Toda una combinación entre propósitos sociales y una historia real que podía contar transformándola, buscando las razones para que esa historia y que esa razón social formaran parte de lo mismo.
-La novela presenta dos hechos notablemente opuestos: el parricidio y el “amor otoñal”, como usted ha definido. ¿Estos elementos son también metáforas de algo colectivo o histórico?
-No pensé en el parricidio con una perspectiva simbólica, sino porque encontraba su función en la novela. Por supuesto, tú y los lectores en general pueden darle otras connotaciones; la literatura es un sistema abierto. Proust lo decía muy claro: cada lector es una novela distinta, porque desde tu propia experiencia y tus propias expectativas, tú completas el relato. Por la parte del amor, pues sí, hay algo de lo que dices. Estos personajes están atravesando un túnel al final del cual hubo una luz que ya se apagó, e incluso ya no se ven las paredes del túnel, pero el hecho de que a una edad ya adulta puedan encontrar en una relación personal, íntima, un sentido para la vida –que es muy importante porque, como sabemos, una de las enfermedades sociales de estos tiempos es la soledad de los viejos– sí tiene un aspecto simbólico: la redención, el perdón, la libertad. Ese amor es un acto de redención; redimere, originalmente aplicaba al esclavo que lograba comprar su libertad; la redención es, en esencia, liberación de uno mismo.
-Morir en la orilla también refiere la adversidad de autores emblemáticos cubanos como Heberto Padilla, José Lezama Lima o Virgilio Piñera, castigados por la Revolución. ¿Esto lo afectó en su propia carrera?
-Esa política cultural en su esencia no ha cambiado, pero han cambiado los métodos. En los años 70 todas las editoriales, las salas de exposición, los teatros, las salas de cine eran del Estado. Es decir que como artista tú podías hacer tu obra, pero si el Estado no te abría las puertas, esa obra nunca circulaba. En los 90 se acaban los cines, no hay electricidad, no hay papel –lo primero que escasea, que hasta entonces venía de la Unión Soviética– y se abre un espacio entre creadores e instituciones privadas: ese fue un espacio de libertad. Fue el momento en que empezó a ser posible, por ejemplo, algo que no ocurría antes y es que yo publicara mi libro fuera de Cuba gracias a Tusquets, una editorial extranjera. Pasado perfecto, la primera novela del personaje de Mario Conde, recién pude publicarla en México.
-¿La propia crisis, dice usted, abrió ese espacio?
-Claro. En los 70 a mí no se me hubiera ocurrido escribir una novela como Pasado perfecto o Vientos de cuaresma o Máscaras, ninguna de las de Conde, y mucho menos una novela como la actual. No había espacio mental para que eso ocurriera. Ni hablar de El hombre que amaba a los perros, que, por cierto, ahora sí: tiene dos ediciones oficiales en Cuba, del Instituto del Libro. Pero mis últimos seis libros no han sido publicados en mi país, aunque circulen en versiones digitales, piratas. Y, a su vez, estos libros me han permitido seguir viviendo en Cuba, escribiendo en Cuba, aun siendo bastante poco visible. No salgo en los periódicos, no salgo en la televisión ni en la radio.
-Se da entonces la paradoja de que usted es un autor muy leído en Cuba, pero sin presencia en los medios públicos, sin promoción y sin editorial local: un parámetro genuino del interés del lector, porque a su vez los libros que más se copian digitalmente es porque realmente se leen.
-Así es, se leen sin promoción pública alguna. El otro día di una conferencia como académico en la Academia Cubana de la Lengua, de la que se está cumpliendo el centenario. Era una exposición puramente técnica, acerca de cómo se escribe una novela, pero dado que hay ahora un problema de transporte muy grave en Cuba, estamos casi sin transporte público, pensamos que iban a ir unas 60 personas. Pues fueron 200. También di hace poco una charla sobre la obra de Mario Vargas Llosa, para hablar de mi relación con él, de nuestros encuentros personales, y se llenó el lugar. Evidentemente la gente sí me conoce. Ahora, ¿qué pasa? Existen las redes sociales, que ni siquiera existían en los años 90 cuando yo empecé a escribir mis novelas.
-¿Es activo en redes?
-No, no tengo ninguna red social. Ninguna. Se que existen algunos grupos de seguidores de mi obra y esas cosas, pero yo no tengo ninguna, ni planeo tener.
-¿Participó del entusiasmo revolucionario de los primeros tiempos, en los sesenta?
-Fui una persona normal en el contexto; participé de las cosas que había que hacer, fui al campo a cortar caña, tuve esta mano en carne viva del machete (muestra la palma derecha) a los 15 años de edad, cuando la “Zafra de los 10 millones” [intento económico y simbólico de la Revolución: producir 10 millones de toneladas de azúcar]; estuve un año en Angola como periodista, participé de cada cosa como un ciudadano. Pero no fui militante de la juventud ni del partido. Nunca fui militante de nada, soy ateo, tampoco me hice masón, como mi padre, masón inveterado, hubiera querido. He tratado de mantener mi independencia en casi todo, siempre.
-La Argentina fue uno de los pocos estados que en 2025, rompiendo su habitual alineamiento con el mundo en este sentido, votó en Naciones Unidas a favor de la continuidad del bloqueo estadounidense ¿Se habla de esto en la Isla? ¿Le merece alguna opinión?
-Sí, se divulgó mucho esa noticia, porque el “embargo”, como lo llaman algunos, es una realidad y es una losa sobre la economía, la vida y la sociedad cubana que causa mucho sufrimiento. Con respecto a la decisión argentina, a mí no me gusta hablar de la realidad de un país en que no vivo, porque hay sutilezas que uno no domina y podría equivocarme. Para Cuba, por otra parte, la Argentina es un referente en muchos sentidos más allá de lo político. No solo es el país del Che, sino también de Gardel, de Libertad Lamarque, de Bioy Casares, o qué decir de dos autores que están en mi canon personal, como Osvaldo Soriano y Manuel Puig, además de los contemporáneos; Guillermo Sacomano, Juan Sasturain, Claudia Piñeiro, que me gustan muchísimo.
-Bueno, aunque prefiera no hablar de la realidad argentina, déjeme decirle que nosotros tenemos como presidente a un hombre que también ama a los perros.
-¿Sí? ¿Cómo Ramón Mercader? ¡Con todo lo que eso significa!… (sonríe)
-En los últimos meses, la presión de Trump pasó de bravuconadas a acciones puntuales que acorralan aun más a Cuba y ponen a sus compatriotas en el límite de la supervivencia. ¿Qué vislumbra para el futuro inmediato?
-Las declaraciones de Trump ponen sobre la mesa todos los escenarios posibles, desde el de cambiar para que no cambie nada, como decía Il Gatopardo, hasta una intervención militar. A nuestra crisis sistémica se ha sumado una presión externa muy fuerte que ha impedido incluso la llegada de combustible. ¿Va a pasar algo? Tiene que pasar algo. El gobierno cubano está haciendo algunos cambios; hay que reconocérselos. Cuba necesita cambiar, pero no porque le pongan una pistola en la cabeza, sino porque los cubanos lo piden. Está todo por hacer: hay que crear condiciones para crecer verdaderamente. Se están adoptando leyes que pretenden que esto ocurra. Todavía hay suficiente inteligencia y generaciones muy bien formadas.
-El Hombre que amaba a los perros le llevó, según sabemos, cinco años de trabajo ¿Qué le diría a quienes escriben con relación a ese esfuerzo que implica la narrativa en proyectos de largo aliento?
-La novela es un género particular: el escritor que la empieza y el que la termina son dos personas distintas. En ese proceso pueden pasar años; y ahí es donde interviene la disciplina de trabajo. Yo creo que hay que aplicar rutinas, aunque esta sea una palabra muy fea para el arte, hay que establecer coherencia con respecto a cómo organizas tu vida. El novelista no puede ser un escritor de fin de semana. Morir en la arena me llevó dos años de escritura, pero la empecé a pensar, a trabajar mentalmente, desde mucho antes. De hecho, ahora mismo estoy empezando una novela y todavía no la estoy escribiendo; sin embargo, todos los días la estoy pensando: así empieza el proceso. El otro día me di cuenta de que hay un personaje que viene del pasado hasta el presente y pensé, ¿cómo voy a plantar ese personaje? Me di cuenta de que tengo que construirlo. Es decir, concebir mentalmente una vida previa de ese personaje para que luego se inserte en la historia. Y eso lo descubrí sin estar escribiendo, aunque mentalmente sí lo estaba haciendo.
-Muchos de sus personajes llegan a la edad que usted tiene ahora como con algo incumplido, pendiente, que no pudo concretarse. ¿Es también su caso?
-Sí, claro. No he podido escribir una novela como Conversación en la Catedral o Cien Años de Soledad. Pero conservo la ambición. Si el escritor la pierde, pues lo mejor que puede hacer es dedicarse a dar conferencias, a escribir ensayos, a parecer inteligente. También me hubiera gustado tener una casa frente al mar, y no la tengo. Me hubiera gustado, cuando tenía 20 años, haber estado viviendo en un altillo en París. Y entonces ni siquiera me lo planteé como una posibilidad porque era un sueño imposible. Pero he tenido, gracias a la literatura, una vida que me permitió conseguir cosas que ni siquiera imaginé. Los libros me han devuelto muchas satisfacciones. Ayer fuimos a comer a una pizzería que se llama Guerrín. Y tuve que sacarme fotos con cuatro personas distintas, con lectores. Creo que esas son muy bonitas recompensas. O que gente –por ejemplo, con Como polvo en el viento me pasó mucho– se acercara a decirme “en esta novela has contado mi vida”.
UN NOVELISTA DE PULSO FIRME
PERFIL: Leonardo Padura
Leonardo Padura nació en La Habana, en 1955. Vive en Cuba. Estudió literatura latinoamericana en la Universidad de La Habana y en sus comienzos se dedicó al periodismo, donde fue jefe de redacción de La Gaceta de Cuba.
La mayor parte de su obra está dedicada a las novelas policiales, aunque su libro más exitoso a nivel internacional, El hombre que amaba a los perros, está dedicado a León Trotsky y a su asesino, Ramón Mercader. Entre sus historias negras, protagonizadas por el inspector bibliófilo Mario Conde, se incluyen Adiós, Hemingway (2001), La neblina del ayer (2005) y La transparencia del tiempo (2018).
Escribió además las novelas Herejes y Personas decentes. Acaba de publicar Morir en la arena (Tusquets)
Entre otros galardones, recibió el Princesa de Asturias en 2015, en España; el Premio Nacional de Literatura de Cuba, en 2012, y la Orden de las Artes y las Letras que otorga Francia.